miércoles, 3 de febrero de 2010

El Cielo ganado (foto archivo hermandad)



En un mar de pena y duda
que navega a la deriva,
-quién fuera allá en tu mano
esa dorada barquita-
siente el alma una opresión,
una incontrolable herida
que se abre y se reabre
y que nunca cicatriza;
y cuando parece hacerlo
de la esperanza se olvida
y se hunde en ese abismo
del que no encuentra salida,
e intenta buscar respuesta
aunque la respuesta diga
e incida en la incertidumbre
que en el quebranto deriva.

¿Qué se necesita entonces
para olvidar la agonía?
¿Es que nunca tiene fin
el dolor que se agudiza
cuando lo dicen los ojos
y aun así no se adivina?

Dime Tú, Madre celeste
consuelo del alma mía.
Consolación en los ojos
y en la pena de un mal día.
¿Es tu promesa de gozo
lo que el alma necesita?
¿Es tu ventura dichosa,
gloria, gracia, alegría
la que puede dar consuelo
a tanta melancolía?

Luego pienso...y digo no,
porque es más que algarabía
para que en cualquier momento
se levante una sonrisa
que deje al lado esa angustia,
la duda que martiriza...

Es mucho más que todo eso
mucho más...y en Ti se ubica,
y en el mar de eternas dudas
en ti el corazón confía;
y aunque haya un oscuro averno
las alturas iluminas;
y todo aquel que te mire,
celeste Virgen María,
ya tiene el cielo ganado
en la tierra de Sevilla.

1 comentario:

El ave peregrina dijo...

Verso hermoso amiga, tu Virgen te protege, yo le pido:

Quién pudiera subir
en la barca querida,
navegar, navegar...
y llegar a su orilla.

Un abrazo.

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